Allí estaba ella, sentada con el que fue, ya hace mucho tiempo, mi mejor amigo. Estaban dentro del café donde ella y yo solíamos charlar los viernes en la tarde luego del trabajo.
El termómetro marcaba tres grados y una suave llovizna cobijaba la ciudad, la llegada del invierno era evidente. Yo, a pesar de estar afuera, no sentía frío.
Verla ahí, tomada de la mano con Thomas, ya no me molestaba. Hace meses que los veía y muy en el fondo me preguntaba por qué todo tuvo que ocurrir de aquella manera tres años atrás.
Aún así, casi se podía apreciar una sonrisa en mi rostro al saber que no se encontraba sola, alguien debía cuidarla como lo había hecho yo. Luego de pagar la cuenta se levantaron y caminaron abrazados hacia la puerta. Comencé a caminar lentamente calle abajo, aquella noche caminaría hasta el amanecer y al otro día, volvería por donde me marché para observarlos nuevamente.
Esa noche no pensé ni me reproche nada, me limité a caminar tarareando una antigua canción (cuyo nombre no recordaba), mientras observaba las estrellas. Sin siquiera percatarme, se dibujó una sonrisa de confianza en mi rostro. Si bien me encontraba solo, vagando por aquel peligroso callejón el cual conducía a la plaza central, ya iluminada por las tenues luces de los faroles, nada ni nadie podría hacerme daño ni hoy, ni mañana…
Aquella noche no sentiría miedo, cansancio, hambre o sed y a pesar de que el termómetro ya marcaba los tres grados bajo cero, no sentiría frío…
…Después de todo estaba muerto.
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